Hablar de Artesanía es hablar de tradición, de amor a las cosas bien hechas, de belleza y de paciencia, es también, hablar de piezas de uso cotidiano, de objetos que hacen más hermosa la vida. Pero para ello es imprescindible un paso previo: que los objetos creados lleguen de las manos cariñosas que los crearon hasta las manos no menos cordiales que vallan a disfrutar de ellos.
La artesanía está, en La Palma, directamente ligada a la vida de todos los días.
En el primer diccionario que se conoce de la lengua española se define "artesano" como "oficial mecánico que gana de comer con el trabajo de sus manos". Hoy, por el contrario, se considera artesano al que se hace por su cuenta objetos de uso doméstico, imprimiéndoles un sello personal, a diferencia de un obrero fabril.
El concepto de artesanía, ha variado a través del tiempo, unas veces considerada como producción, otras como antropología y muchas como cultura, pero siempre tienen algo en común, que se trata de un proceso manual que genera objetos de cierto sentido artístico, realizado con técnicas tradicionales, por un solo individuo o una unidad familiar, por el que se obtiene una producción de carácter anónimo, con fines utilitarios, decorativos o de empleo en ceremonias y fiestas.
Y para hablar de artesanía, que mejor que utilizar como escenario la isla de La Palma. Una isla en la que, la cultura tradicional ha sido siempre y sigue siéndolo "algo vivo", presente en el día a día. El reto de la cultura tradicional "Artesanía", ahora mismo no sólo consiste en mantenerse, sino en proyectarse hacia el futuro, de manera que, además de un legado cultural de primer orden, constituya una forma cada vez más digna de ganarse la vida para los artesanos que han sabido resistir en los tiempos más difíciles.
EL BARRO
 Uno de los sectores artesanales que más destacan en la Isla de La Palma es el " negro barro palmero" , de tacto rotundo pero increíblemente delicado, ha seguido también un proceso de recuperación en los últimos tiempos, iniciado a mediados de los años setenta en fase ascendente e imparable en la actualidad.
Los restos cerámicos prehispánicos atestiguan una cerámica muy diferente a la de las otras islas del archipiélago. Su belleza habla por sí sola de una civilización perfeccionista, que parece haberse perpetuado a lo largo de toda su historia. Algunas de las técnicas que hicieron posible la producción alfarera benahorita (nombre que reciben los primitivos habitantes de lo que entonces llamaba Benahoare que, no por casualidad, significa " mi tierra" ) se conservan en la reproducción de estas piezas que se lleva a cabo en la actualidad, especialmente la decoración incisa y el color negro, característico del quemado.
La recuperación empezó a partir de 1975, en torno al activo núcleo cultural, económico, educativo y, en definitiva, vital, de El Molino, en Villa de Mazo. EL regreso de la casi inevitable emigración a Venezuela halló en la recuperación de la por entonces prácticamente desaparecida alfarería palmera la forma ideal de implantarse de nuevo en su tierra. Más de ciento sesenta piezas distintas, procedentes de diferentes yacimientos arqueológicos de la geografía insular, configuran su producción actual, que sigue las pautas de los gánigos (vasijas) benahoritas. El barro que se obtiene en algunos municipios de la isla como Puntagorda, Garafía o Tijarafe, amasado con arena, es la materia prima fundamental.
Una vez hecha la mezcla, se trabaja sin torno, para orearla después durante unos días, antes de rasparla, normalmente con un útil metálico, dándole la forma definitiva. El siguiente paso es el del pulido con agua y una piedra de callao de playa o barranco, seguido de la práctica de dibujos mediante incisiones, y el sacado de brillo con un callo más fino. Seguidamente la pieza, se introduce en el horno, hasta que alcanza una temperatura de 700 grados. Su característico color negro se obtiene por reducción, bajando la temperatura y reduciendo el oxígeno.
A finales del siglo XV el devenir de La Palma sufre una profunda convulsión, asumiendo, tras la conquista, los usos y costumbre de Europa. Muy escasas son las crónicas que proporcionan datos sobre la vida cotidiana en esa época; hay, sin embargo, una de gran valor: la recogida por Gaspar Frutuoso a mediados del XVI que, entre otros aspectos, hace referencia a la utilización del barro por la nueva sociedad palmera.
El viajero portugués dice: " Todos son criadores de cabras y ovejas, comen gofio de trigo y cebada, amasándolo en aceite, miel y leche, en tostadores que hacen de barro muy liso ". El barro cocido fue también utilizado en el primer monocultivo establecido en la isla: la caña de azúcar. Para la exportación de azúcar a Europa continental había que utilizar moldes, llamados formas, de diseño cónico, que posteriormente dieron lugar a un clásico de la repostería palmera: las rapaduras; auque, obviamente, aquéllas formas eran de mayor tamaño. Así se refleja en la partición hereditaria del rico colono flamenco Pedro de Van Dale, en 1621, donde se recogen " unas formas, un sino de barro, unas tinajas "...
Después de la muerte en 1980, a los 67 años, de la considerada como última locera, Anuncia Vidal, parecía que la loza popular de La Palma iba a tener una difícil continuidad. Por fortuna, ese designio no se ha cumplido y en la actualidad esta tradición artesana se va recuperando poco a poco.
Anuncia Vidal procedía de una familia alfarera que vivía de estas labores exclusivamente en Santa Cruz de La Palma. Aún se la recuerda enseñando, casi ciega (murió de diabetes), cómo se amasaba, y cuál era la técnica para realizar los cacharros: "Hay que limpiar el barro", decía , "echarle agua y mezclarlo con la arena, para que no se raje, y trabajarlo hasta que esté amorosito. Es preciso dejarlo secar a la sombra una semana, y después bruñirlo con agua y un callao de la mar". Posteriormente se procedía a la quemada a fuego directo, en medio de una huerta , "la loza de lado, con la boca hacia donde sopla el viento", como recomendaba siempre la vieja locera..
Aunque los diseños permanecen, en la actualidad ya no se quema al aire libre en una huerta, sino que se utiliza un horno. La recuperación de estos procesos artesanos es lenta, y la producción, de momento, no resulta suficiente para atender la demanda.
El proyecto LA PALMA ARTESANÍA intenta, en su justa medida, servir de estimulo para la revitalización del sector alfarero tradicional y contribuir tanto a su mantenimiento dentro de la cultura palmera como a la adecuación con las nuevas formas y tipos de consumidores.
|